Caballería

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La caballería es una de las cuatro armas constitutivas de los ejércitos, que se caracterizaba históricamente por combatir montada en carros de guerra y posteriormente a caballo. En la actualidad lo hace a bordo de vehículos acorazados, tanto de ruedas como de cadenas. El arma de caballería está especializada en el reconocimiento, la seguridad y el contacto (DO-001). Sus características principales son la velocidad, la movilidad de sus unidades, la flexibilidad y la fluidez, de las que son consecuencia su rapidez de maniobra y gran radio de acción. La audacia, la acometividad, la iniciativa y el espíritu de sacrificio son virtudes sobresalientes del arma, que compendian y caracterizan el tradicional espíritu jinete del soldado de caballería.

Emblema del arma de caballería

Historia

Antigüedad

Generalmente se acepta que la infantería es el arma más antigua de todas, pues los primeros conflictos armados se dieron entre grupos de campesinos que combatían a pie, armados con mazas y azagayas. La caballería nació con la propia historia, concretamente durante el Calcolítico sumerio, como queda atestiguado en el estandarte de Ur que, pese a su nombre, no es una bandera sino una caja de madera cubierta de oro y lapislázuli. En ella se encuentra la primera representación de un carro de guerra de guerra que, paradójicamente, no está tirado aún por caballos sino por onagros.

La infantería tuvo desde el principio un papel defensivo, al estar compuesta por milicias de campesinos reclutados a tiempo parcial, y que volvían a sus tareas agrícolas tras cada campaña. Sin embargo, la caballería asumió las tareas ofensivas, gracias a la mayor velocidad y potencia de choque que le proporcionaban sus carros frente a los nómadas que asaltaban las caravanas comerciales. Estaban construidos con una tosca caja de madera y mimbre, con cuatro ruedas macizas y solidarias a los ejes. El tiro consistía, normalmente, en cuatro onagros (especie de asno asiático), dos de ellos tractores y otros dos para equilibrar el vehículo en las curvas e impedir el vuelco. El costoso y complejo proceso de fabricación y mantenimiento de las cuadrigas, de los arreos y del armamento de bronce, así como el cuidado y adiestramiento de las bestias, favoreció la aparición de una casta social predominante constituida por aurigas, arqueros y lanceros. La caballería puede considerarse, por tanto, como el arma profesional más antigua de la historia militar, de ahí que en todos los países de referencia encabece sus ORBAT.

Resulta interesante comprobar que el nacimiento de la caballería es independiente del empleo del caballo y responde a la necesidad del hombre de dotarse de una velocidad y de una potencia de choque muy superiores a aquellas con las que había sido dotado por la naturaleza. Como ocurre con el resto de las armas, aunque las misiones que se le asignaron son básicamente las mismas desde su fundación, los medios empleados han ido evolucionando con el tiempo y adaptándose a las innovaciones doctrinales, orgánicas y materiales que se han venido en llamar revoluciones de los asuntos militares.

De igual forma, el término jinete abarca desde la antigüedad a todo hombre, militar o civil que monta a caballo y en su acepción más extensa a cualquier cuadrúpedo (asnos, mulos, dromedarios e incluso elefantes), siendo su femenino la amazona. Como el caballo en sus inicios militares se empleó asociado a un carro de guerra de guerra, el primer soldado de caballería fue, en justicia, un auriga.

Hacia 1800 AC las caravanas mesopotámicas alcanzaron la estepa euroasiática, donde trabaron contacto con las tribus indoeuropeas. Estas habían domesticado a los únicos caballos supervivientes a la última glaciación, y con ellos sustituyeron a los onagros en sus carros, que perfeccionaron al aligerar el peso de la caja, reduciendo el número de ruedas a dos, y haciéndolas radiales e independientes de los ejes para aumentar su estabilidad. La potencia de choque de estas bigas y su nueva metalurgia del hierro les permitió extenderse desde Extremo Oriente hasta las islas Británicas y desde el Báltico al Egeo en una violenta cabalgada que duró ocho siglos: tocarios en China, arios en la India, persas en Irán, mitanios en Mesopotamia, hititas en Anatolia, aqueos en Grecia, escitas en Rusia, eslavos en Centroeuropa, germanos en Escandinavia y celtas en la fachada atlántica.

El descubrimiento de la equitación se retrasaría varios siglos, hasta que la cría selectiva corrigiese progresivamente la escasa alzada de los ponis asiáticos. Aunque el primer testimonio gráfico data de la batalla de Kadesh (1275), es posible que ocurriese de forma accidental algunos años antes cuando el auriga de una cuadriga destrozada tuviera que huir a lomos de uno de sus caballos. El arma consiguió entonces la velocidad y potencia de choque que le serían características, hasta el punto de que, poco a poco, se fue abandonando el carro de guerra que entorpecía y restaba agilidad al caballo, mientras que encarecía notablemente la dotación de las unidades. Los asirios fueron los primeros en incorporar ambos tipos de caballería a sus ejércitos, con los que impusieron su hegemonía en todo el Próximo Oriente. Las grandes cuadrigas con cuatro guerreros (auriga, arquero, lancero, escudero) se reservaban para cargar contra las formaciones de infantería enemiga. Los jinetes constituían una fuerza ágil y veloz especializada en la exploración, el hostigamiento y la persecución. En 609 AC los asirios serían derrotados por los persas (que copiaron sus tácticas) y estos, a su vez, en 331 AC por los macedonios quienes, tras la campaña del Indo, sustituyeron los carros por elefantes. Durante el Imperio romano se siguieron fabricando y perfeccionando los carros, pero solo como vehículos deportivos y de transporte. En su lugar, apareció un nuevo tipo de caballería pesada compuesta por jinetes bárbaros de gran estatura, montados en sementales hipermétricos capaces de soportar el peso de su propia armadura y la del jinete.

Choque de bigas hititas y egipcias en la batalla de Kadesh

Medievo

Durante el siguiente milenio el caballo se convertiría en el rey de todos los campos de batalla. La única opción que le quedó a la infantería para defenderse de sus cargas, fue la de constituir formaciones compactas erizadas de lanzas, picas o bayonetas. La legión romana, el tercio español y el regimiento napoleónico son tres ejemplos del mismo paradigma defensivo. No obstante, unos y otros eran presa fácil de los jinetes si perdían su rígida organización.

A lo largo del Medievo la lanza fornida constituía el núcleo profesional de todas las mesnadas feudales. Cada lanza estaba compuesta por un hombre de armas (gen d'armes), un escudero, varios arqueros o ballesteros y un paje responsable del caballo de dobladura. El primero vestía armadura de punta en blanco; se armaba con una amplia panoplia que incluía un lanzón de ristre, mandoble, hacha y mangual; y montaba a la brida, con las piernas estiradas y bien apoyadas en una silla de altos borrenes y largos estribos. La infantería, por su parte, se vio reducida a peones campesinos y villanos, mal armados y peor protegidos, que eran reclutados para cada campaña y desmovilizados a su término. No obstante, el aumento progresivo del peso de las armaduras de jinetes y caballos propició el declive de la caballería, al olvidar que su misma esencia radicaba en su velocidad y movilidad, y no tanto en su protección. Esto no ocurrió en la Península Ibérica debido a que, por influencia árabe, los hombres de armas convivían con otro tipo de caballería ligera que montaba a la jineta, esto es, con estribos cortos y rodillas flexionadas, sobre veloces corceles andaluces. Su armamento se reducía a lanza y espada bastarda; protegiéndose por cota de malla y adarga.

Continos montando "a la brida"
Lanza ligera montando "a la jineta"

Edad Moderna

A raíz de las innovaciones introducidas por el Gran Capitán durante sus campañas en Italia, el tercio de infantería recuperó el papel preponderante que habían tenido las legiones romanas y las falanges griegas. Contrariamente a los que muchos piensan, cada tercio combatía siempre reforzado por compañías sueltas de lanceros y coraceros (llamados en España herreruelos, del alemán reitre: jinete). Los primeros eran, básicamente, unos hombres de armas a quienes se había aligerado el armamento y se había suprimido el clíbano de sus cabalgaduras, reservándose normalmente para cargar a la caballería contraria. Los últimos, en cambio, eran caballos ligeros que habían sustituido la lanza por un par de pistoletes de arzón. Para evitar quedar ensartados en las picas enemigas, desarrollaron una táctica conocida como la caracola: consistía en cargar al trote hasta una distancia de treinta pasos del cuadro enemigo, realizar allí una descarga cerrada de sus pistoletes para desorganizar a las primeras filas, y regresar posteriormente a retaguardia entre los intervalos para recargar. A partir de la reforma emprendida por el conde-duque de Olivares en 1632, esas compañías sueltas se reunieron en trozos de coraceros y arcabuceros a caballo, antecedentes de los regimientos de carabineros que importaría de Francia la nueva dinastía borbónica. Simultáneamente, Gustavo Adolfo de Suecia introducía en su ejército a los dragones, unas tropas que se desplazaban a caballo y podían combatir indistintamente montados o desmontados. Conocerían su mayor auge durante el siglo XVIII, superando gracias a su polivalencia las limitaciones de las rígidas líneas de infantería.

Caracola de coraceros durante la batalla de Nördlingen
Carga a la caracola

Edad Contemporánea

Con la Revolución francesa, los reducidos ejércitos reales, mitad profesionales mitad mercenarios, fueron sustituidos por enormes ejércitos nacionales, compuestos únicamente por ciudadanos conscriptos. La caballería experimentó un esplendor sin precedentes, combinándose sus seis institutos tradicionales (coraceros, carabineros, lanceros, dragones, cazadores, húsares) en brigadas, divisiones e, incluso, cuerpos completos de caballería, como el mandado por el mariscal Murat en la batalla de Eylau.

Derrochando una osadía rayana en la temeridad, los jinetes decimonónicos combatían por igual a la caballería contraria, a un cuadro de infantería, o a una batería de artillería. Para la posteridad quedarán los sublimes versos que dedicó Lord Alfred Tennyson a la tan valerosa como inútil carga de la brigada ligera británica en Balaklava. Simultáneamente, en la guerra de Secesión la caballería demostraba su valor estratégico cuando estaba bien mandada y pertrechada, penetrando profundamente tras las líneas enemigas para cortar sus rutas de abastecimiento y realizar audaces golpes de mano. El canto del cisne de la caballería a caballo se produjo en la campaña de Siria durante la I Guerra Mundial, gracias a la audacia con la que los jinetes árabes hostigaban la retaguardia otomana comandados por el británico Thomas E. Lawrence.

Simultáneamente, en el frente europeo se experimentaba el definitivo declive del caballo como arma, debido a su imposibilidad de seguir cargando en un campo de batalla sembrado de ametralladoras, trincheras, alambradas y cráteres de artillería. Para recuperar la capacidad de maniobra, sir Basil Liddel Hart propugnó hacia 1920 que el arma retornara a sus orígenes y sustituyera el caballo por la rueda. Siguiendo sus enseñanzas, algunos oficiales de caballería visionarios como John F. C. Fuller (Reino Unido), Heinz Guderian (Alemania), George S. Patton (Estados Unidos) y Charles de Gaulle (Francia) consiguieron que en sus respectivos ejércitos se crease un arma acorazada, combinando unidades mecanizadas de reconocimiento con otras de carros de combate.

Durante la guerra de Vietnam, la caballería de los Estados Unidos experimentó la máxima polivalencia al combinar sus unidades acorazadas con otras ligeras de asalto aéreo. Gracias al dominio de la tercera dimensión, la caballería parecía destinada a convertirse en la reina de la futura batalla aeroterrestre. Sin embargo, al acabar el conflicto la crisis energética y los recortes presupuestarios aconsejaron reunir los helicópteros en unidades homogéneas para facilitar el adiestramiento de las tripulaciones y el mantenimiento del material. No obstante el sueño sigue vigente, y todo buen jinete ansía ver carros y helicópteros de ataque combinados en regimientos mixtos.

Actualmente, la caballería conserva su antigua dualidad, constituyendo la pesada un arma acorazada y especializándose la ligera en misiones de inteligencia, reconocimiento y vigilancia (ISR). Únicamente en España se concentran en infantería la mayoría de los carros debido a una paradoja histórica: tanto en la guerra del Rif como en la guerra Civil los escasos carros adquiridos o capturados por nuestro ejército se entregaron a la infantería, mientras la caballería seguía a caballo hasta bien entrados los años 60. Esta situación ha torpedeado todos los intentos emprendidos hasta la fecha de crear un arma acorazada equivalente a la de todos los países de referencia.

1st US Cavalry Division en Vietnam

Misiones y capacidades

Ya en el siglo II Flavio Arriano (Guischardt 1740) decía que "la caballería se sirve de caballos o de elefantes… su nombre comprende no solamente a quienes combaten a caballo sino también a aquellos que lo hacen montados en carros". Esta definición es tan actual que en Alemania se llamó "caballeros" en su sentido medieval de hombre de armas a las tripulaciones de los carros. Desde sus remotos orígenes, la característica fundamental de la caballería es la de combatir a lomo de animales o vehículos más o menos armados y protegidos. Es el arma ofensiva por naturaleza, hasta el punto de que la sola idea de defensa está proscrita del vocabulario jinete. En caso de necesidad, se emplea una maniobra retrógrada durante la cual se continúa cargando contra el enemigo, retardándolo y desgastándolo, hasta alcanzar la seguridad de las líneas propias con las menores bajas propias y máximas enemigas posibles. De ahí la extendida sentencia "la caballería nunca retrocede, da media vuelta y sigue avanzando".

Otras de sus características son la flexibilidad y fluidez, de las que son consecuencia su rapidez de maniobra, que emplea como base de su actuación, facilitando al mando libertad de acción, conservando la iniciativa o recuperándola cuando se pierda; para buscar y conservar el contacto, obligando al enemigo a combatir en los lugares y momentos que sean más favorables; precipitar la desmoralización del enemigo para anular su voluntad de resistencia y constituir una excelente y ágil reserva.

La caballería combate más aterrorizando y dispersando al enemigo que con la efusión de su sangre, aunque en caso necesario no duda en verter hasta la última gota. Su ventaja consiste en la velocidad de su movimiento, con lo que aumenta la fuerza de su choque y porque yendo de un lugar a otro con rapidez, hace cambiar las circunstancias de la batalla y mudar la fortuna.

Para llegar al choque con la máxima fuerza es preciso que durante el movimiento no se descomponga la unión de la formación, por lo que el aumento de la velocidad será gradual y progresivo hasta alcanzar la impetuosidad que arrebatará a la tropa sobre el enemigo. La formación debe de llegar al choque lo más alineada posible y los escuadrones manteniendo los intervalos iniciales. Y esto es tan válido tanto para la caballería a caballo como para la acorazada.

La audacia, acometividad y valor impulsivo de sus tropas, la iniciativa de sus mandos y el espíritu de sacrificio de toda el arma, que tiene su máximo exponente en las situaciones críticas, han orientado siempre su tradicional actuación sobre el campo de batalla. Tradicionalmente se le han asignado las misiones de explorar y reconocer, proporcionar seguridad, constituir una poderosa reserva, explotar el éxito, perseguir al enemigo y proteger la retirada propia. A lomos de caballo o de vehículos acorazados, a pecho petral o incluso pie a tierra, sus fundamentales valores morales, militares, personales y tácticos no han variado peses a que lo hayan hecho la táctica y la técnica.

De hecho, todas estas características se encontraban ya presentes en la caballería de la Antigüedad, desde la batalla de Kadesh (1274 AC) hasta la de los Campos Cataláunicos (451 DC) y conforman lo que hoy en día se ha venido en denominar el "espíritu jinete";. A él y no a la improvisación se debieron gestas como la del Regimiento de Caballería Alcántara, que se sacrificó para proteger la desbandada del Ejército de África, tras el desastre de Annual en el verano de 1921. Tras tres jornadas de entrega absoluta, sus últimos efectivos tuvieron que cargar al paso por el agotamiento de sus caballos, sin desfallecer ni volver nunca la cara al enemigo.

Según la PD-001 "Empleo de las fuerzas terrestres", la caballería es por excelencia el arma del reconocimiento, de la seguridad y del contacto. Sus características principales son la velocidad, la movilidad de sus unidades, la flexibilidad y la fluidez, de las que son consecuencia su rapidez de maniobra y gran radio de acción. La audacia, la acometividad, la iniciativa y el espíritu de sacrificio son virtudes sobresalientes del arma, que compendian y caracterizan el tradicional espíritu jinete del soldado de caballería.

Dada la dualidad de sus medios, es el arma más capacitada para desempeñar con solvencia las funciones de maniobra e inteligencia. La maniobra es el conjunto de actividades encaminadas al empleo de las fuerzas mediante la combinación del movimiento y el fuego efectivo o potencial para alcanzar una posición de ventaja respecto al enemigo. Las unidades acorazadas, equipadas fundamentalmente con carros de combate, constituyen un elemento de alta resolución en la maniobra. Se caracterizan por su movilidad, potencia de fuego, protección contra el fuego enemigo y el efecto de choque que las hacen especialmente aptas para realizar acciones ofensivas. También son apropiadas para constituir una potente y ágil reserva y para lanzar contraataques en el marco de acciones defensivas. Para su protección y ocupación del terreno necesitan la colaboración de unidades mecanizadas o, en su caso, ligeras formando parte de agrupamientos tácticos interarmas. Requieren un terreno apto para su maniobra, y tienen necesidad de un voluminoso apoyo logístico.

Por su parte, la inteligencia comprende el conjunto de actividades encaminadas a satisfacer las necesidades de conocimiento del jefe relativas al entorno operativo, necesarias para el planeamiento y conducción de las operaciones, así como para la identificación de las amenazas contra las fuerzas propias y el cumplimiento de la misión. Las unidades de reconocimiento están capacitadas para llevar a cabo acciones de información y seguridad relacionadas, principalmente, con acciones ofensivas y defensivas. Su flexibilidad y movilidad les permite operar aisladas de las fuerzas propias, penetrar en los dispositivos enemigos y explotar a fondo la sorpresa.

Clasificación

La caballería ha estado dividida tradicionalmente en varias especialidades (ligera, de línea, pesada), si bien los distintos autores no se ponen de acuerdo a la hora de definirlas. Cada una de ellas engloba, a su vez, a una serie de institutos responsables de desempeñar cada una de las misiones que la doctrina encomendaba al arma. A lo largo de la historia estos institutos fueron evolucionando constantemente, adaptándose a las circunstancias. Así mientras que algunos simplemente desaparecían, otros mantenían su denominación aunque modernizando sus tácticas, medios y uniformes.

Durante la primera mitad del siglo XIX, de la Pierre dividía a la caballería en línea (lanceros y dragones), ligera (cazadores y húsares) y de reserva (coraceros). Rocquancourt y Ramonet la dividieron en pesada (coraceros y carabineros), ligera (lanceros, húsares y cazadores) y mixta (dragones). De Presle era partidario de dividir el arma en unidades de línea, ligeras y mixtas, para evitar tener que emplear constantemente a la primera en apoyo de la segunda. Por su parte, el general Ferraz argumentaba que en España solo podían constituirse unidades ligeras, así llevasen carabinas, lanzas o sables.

Ya en la segunda mitad de dicha centuria, Villamartín (1833) clasificaba el arma en gruesa, de línea, ligera e irregular. Cometió, no obstante, la equivocación de considerar la primera como una fuerza especial de la segunda, error que podemos considerar también de carácter histórico. Explicaba que la caballería de línea debía actuar reunida en grandes masas compactas, pero solo en movimientos decisivos y contra tropas ya perturbadas por el fuego o sorprendidas en movimiento, con lo que se olvidaba de la gran capacidad de maniobra del arma. Según él necesitaba "armas de choque antes que de pelea; caballos de alzada antes que veloces; y jinetes fuertes antes que ágiles", es decir, las cualidades de la caballería pesada. Las reservas debían estar compuestas por las mismas unidades que las de línea, pues si se empleasen a cada paso dejarían de ser escogidas y en caso contrario estarían menos fogueadas que el resto. A la caballería ligera le asignaba cometidos semejantes a los de los cazadores de infantería y recomendaba que se mezclasen en guerrillas mixtas. Se olvidaba, por tanto, de la necesidad de una caballería intermedia que apoyase a la ligera en sus acciones para no desgastar a la pesada.

Vassallo (1879) clasificaba a los carabineros como caballería gruesa, a los lanceros como caballería de línea y a los húsares y cazadores como caballería ligera. A pesar de reconocer que en España era imposible tener caballos de alzada y hombres corpulentos que permitiesen mantener estos tres tipos de unidades, se acercó al resto de autores europeos de la época, siendo su clasificación muy acertada. Aunque opinaba también que la caballería era un arma auxiliar, sostenía que era indispensable en la guerra y la definía como el arma de los movimientos envolventes y las persecuciones.

Como puede verse, no existe una clara diferenciación entre los distintos tipos de caballería, si bien la clasificación más extendida es esta:

Institutos de caballería

Esprit de corps

Patronazgo

Intervención del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo (844)
Espíritu jinete

El apóstol Santiago se convirtió en patrón del arma de caballería en 1846, sustituyendo a los patrones particulares de los distintos regimientos. Su nombre es la españolización del nombre del hijo de Zebedeo (del latín sanctus Jacobi, sant Yago en castellano antiguo). Su vinculación con la reconquista hispana proviene del año 844 cuando, según la leyenda, protegió a las huestes cristianas de Ramiro I durante la batalla de Clavijo frente a los musulmanes. Desde entonces, su influencia se extendió allende las fronteras asturianas, dando lugar a varias rutas de peregrinaje que, desde los principales monasterios francos y borgoñones, se dirigían hasta la aldea gallega de Iria Flavia, donde se erigió el santuario de Campus Stelae (el campo de las estrellas).

Lema

  • Descripción: ¡Santiago, y cierra España!
  • Justificación: Tiene su origen en dos gritos de guerra (¡Santiago! ¡Hispania!) que, desde el Medievo, proferían las unidades de caballería antes del combate contra los musulmanes, si bien no necesariamente combinados en la misma frase. Aparece por primera vez mencionado en su totalidad en la obra Don Qujote de la Mancha (segunda parte, capítulo IV, folio 15):
- Yo así lo creo -respondió Sancho-, y querría que Vuesa Merced me dijese qué es la causa por la que dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel san Diego Matamoros: "!Santiago y cierra España!" ¿Está por ventura España abierta, y de modo que, es menester cerrarla, o qué ceremonia es esta?''
- Simplicísimo eres, Sancho -respondió don Quijote-, y mira que este gran caballero de la cruz bermeja haselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y, así, lo invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen...

Emblema

Véase el artículo Emblema de caballería en la categoría Emblemática.

Espíritu jinete

Véase al artículo Espíritu jinete en la categoría Poesía.

Himno

Véase el artículo Himno de Caballería en la categoría Música

Charoska

Véase el artículo Charoska en la categoría Orfebrería.

Referencias

Notas

Bibliografía

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