Categoría:Caballería ligera

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La caballería ligera retrasó su aparición hasta el descubrimiento de la equitación, estando registrado el primer vestigio de un jinete en la narración de la batalla de Kadesh grabada en los muros del templo egipcio de Abu Simbel. Probablemente, la técnica fuera descubierta accidentalmente por aurigas que huían a lomos de sus caballos tras haber sido destruidos sus carros en mitad de un combate. En cualquier caso, el invento tuvo éxito y todos los ejércitos orientales incorporaron un contingente de arqueros a caballo para realizar misiones de exploración y hostigamiento. Para asegurarse una mayor velocidad y flexibilidad, preferían montar caballos de menor alzada que los que tiraban de los carros. En Occidente se prefería la espada y la jabalina al arco, por lo que la letalidad de su caballería ligera fue muy inferior a la de asirios, partos y sasánidas.

La combinación de su velocidad y agresividad con el estribo, permitió a la caballería ligera árabe imponerse sobre la pesada de persas, bizantinos y visigodos. Cuando invadieron la península Ibérica introdujeron la monta a la jineta, esto es, con estribos cortos sobre ejemplares de pequeña alzada, mientras que los caballeros castellanos preferían montar a la brida, con piernas estiradas sobre grandes corceles. Durante la Baja Medievo los arqueros fueron sustituidos por ballesteros, arma más penetrante que el arco pero de menor alcance y mucho más difícil de cargar a caballo. Iban ataviados de coraza, faldón, medios quijotes, morrión sin celada, espada, puñal y ballesta.

Aunque el arco había perdido la importancia de antaño, en 1497 llegó a España una compañía de arqueros borgoñones que servía como escolta del archiduque Felipe tanto a pie como a caballo. Llevaban espada de dos manos, arco, saetas y carcaj. Posteriormente los sustituyeron por una especie de lanza de gran moharra conocida como ahuja o archa, siendo conocidos desde entonces como archeros. En el siglo XVI se integraron en la Guardia de la Cuchilla.

Los escopeteros a caballo fueron empleados por primera vez por el cardenal Cisneros en la toma de Orán. A comienzos del siglo XVII fueron sustituidos por los arcabuceros a caballo, que se convirtieron en el instituto preferido por los capitanes generales para sus compañías de guardias, además de constituir la compañía de elite de cada tercio o trozo. Sin embargo, dadas las dificultades de hacer fuego a caballo, nunca tuvieron la importancia de sus colegas de infantería como unidades de maniobra.

Durante la guerra de los Treinta Años, Gustavo Adolfo de Suecia bautizó a sus arcabuceros como dragones, nombre que inmediatamente fue copiado por el resto de países europeos. Al principio constituían un arma independiente tanto de la caballería como de la infantería, aunque compartiendo características de ambas. Otros autores atribuyen su origen al duque de Alba, al mariscal Brisach o al general Walhausen. En cualquier caso, este nombre parece más cercano al animal mitológico, quizás por su versatilidad como animal terrestre, fluvial y aéreo, que a teorías etimológicas que quisieron hacerlo proceder del germanismo trager (tarja en español), que era el nombre de un pequeño escudo de cuero con una escotadura para la lanza, que los hombres de armas llevaban atado al brazo izquierdo. Posteriormente se dio este nombre al peto de ante o cuero de los arcabuceros, que también tenía una abertura para apoyar la culata de su arma.

Como combatían generalmente a pie, los dragones llevaban una estaca para amarrar a las bestias durante la batalla. La calidad de estas no siempre fue la más deseable, ya que prácticamente se limitaban a ser un medio de transporte y muchas de ellas se perdían durante el combate. A partir del siglo XVIII la compañía de preferencia de cada regimiento estaba compuesta por granaderos a caballo, que cumplían las mismas funciones de apoyo de fuegos que los carabineros en la caballería pesada. En contadas ocasiones, estas compañías dieron lugar a regimientos independientes.

Durante la guerra de Sucesión Española existía una única inspección para caballería y dragones, pero en 1717 se crearon dos independientes. Durante todo el siglo XVIII se levantaron varias voces que abogaban por su integración en la caballería (Ramírez de Arellano 1767), lo que no ocurriría hasta 1805. Aunque teóricamente mantenían la función de echar pie a tierra para seguir combatiendo si la situación lo requería, cada vez la empleaban menos.

La caballería ligera estuvo a punto de desaparecer en España durante el siglo XVIII, sobreviviendo solo dos cuerpos: el Regimiento de Caballería Ligera "Voluntarios Españoles" y el Regimiento de Caballería Ligera "Costa de Granada", heredero de las compañías de lanzas que proporcionaban las provincias de este reino para proteger sus costas (caballos de cuantía).

Los dragones fueron suprimidos y reorganizados varias veces a lo largo del siglo XIX. Pese al escaso éxito que cosecharon durante la guerra de Independencia, Jomini defendía su existencia en el Ejército francés por su utilidad para la ocupación y defensa de puntos sensibles durante la retirada y el reconocimiento de bosques. De Presle los consideraba una caballería intermedia, apropiada para sostener a la ligera sin tener que desgastar a la de línea. En Inglaterra cobraron mucha importancia, distinguiéndose unos dragones pesados y otros ligeros.

A finales del siglo XVIII aparecen en España los húsares. Esta palabra viene de los términos magiares husz (veinte) y ar (renta), y comenzó a usarse durante el reinado de Matías I (1458-1490) para designar a un tributo de 20 jinetes perfectamente equipados y armados que tenían que aportar cada aldea para hacer frente a las incursiones otomanas. Montaban caballos muy ágiles y veloces que les permitían perseguir al enemigo durante las explotaciones. También se encargaban de proteger la retirada propia con el fuego de sus carabinas y el filo de sus sables. En el siglo XVII el nombre fue adoptado por un cuerpo de caballería pesada de la confederación lituano-polaca, caracterizado por las alas que adornaban el espaldar de sus armaduras.

En 1803 se crean, tanto en infantería como en caballería, las primeras unidades de cazadores. Este instituto realizaba misiones de exploración y vigilancia del despliegue propio para interceptar a las vanguardias enemigas (de ahí su nombre). Según Bardin, el origen de los cazadores hay que buscarlo en unos cuerpos especiales creados por Federico II de Prusia a partir de sus guardias forestales. Pretendía conseguir unidades de tiradores selectos aprovechando su experiencia cinegética, de ahí que desde el principio emplearan en todos los países el emblema de cuerno de caza que les dio nombre. A España llegaron por influencia de Francia, donde se habían creado años antes en la Legión Extranjera de Fischer. Fueron el último instituto montado en desaparecer, haciéndolo junto a sus caballos.

Con la llegada de la mecanización, sus misiones las heredaron las unidades de exploradores, a bordo de vehículos ligeros sin blindaje (jeeps) y de motocicletas todoterreno. Hoy día, esta especialidad cuenta con vehículos de reconocimiento blindados y vehículos de combate sobre ruedas para favorecer su movilidad, su velocidad y su proyección a escenarios internacionales. Las secciones de vigilancia contaban hasta finales del siglo XX únicamente con material radar, pero progresivamente se han ido dotando con otros materiales propios de las de inteligencia como sensores inatendidos, cámaras térmicas, drones aéreos y terrestres no tripulados, etc. Se configura de esta forma la caballería ligera del futuro, concebida para integrarse en la doctrina ISTAR: Intelligence, Surveillance, Target Acquisition and Reconnaissance (inteligencia, vigilancia, adquisición de objetivos y reconocimiento).

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