La caballería europea del siglo XIX

De Caballipedia
Revisión del 22:52 18 may 2022 de Fmoglop (discusión | contribuciones) (Texto reemplazado: «= {» por «= {»)
(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

Introducción

A finales del siglo XVIII se quiebra la estructura de la sociedad para dar paso a la expansión de la burguesía industrial contemporánea, heredera de la burguesía comercial moderna y de la urbana medieval. Ninguna actividad práctica o espiritual escaba a su control, desde la política de Estado a la cultura, pasando, como no podía ser menos, por los ejércitos, que dejarán de ser reales para hacerse nacionales.

Esta nueva era cambia por completo el paisaje europeo. Italia consigue reunificarse por primera vez desde el Imperio romano. Alemania también se reunifica y se convierte, además, en la nación más poderosa del continente. El Imperio británico alcanza su máximo apogeo con la reina Victoria. Francia llega a dominar toda Europa con Napoleón Bonaparte, para ver después reducidas sus fronteras a los límites del siglo anterior y sufrir la amputación de Alsacia y Lorena. Austria se ve separada de Alemania y comienza a expandirse en los Balcanes. El Imperio otomano tiene que ceder numerosos territorios europeos que, al final, quedan reducidos a Tracia. Rusia se expande en todas direcciones y sueña con arrebatar Constantinopla a la Sublime Puerta.

La Revolución francesa sustituyó los reducidos ejércitos reales por otros nacionales, basados en el reclutamiento masivo de ciudadanos conscriptos. Paralelamente aumentaron las víctimas civiles, pues toda Europa se convirtió en un inmenso campo de batalla sin vanguardias ni retaguardias. Para Clausewitz (1832), estas guerras de segunda generación (2GW) no eran “simplemente un acto político, sino una continuación de las relaciones políticas con otros medios”. Introducía, además, el concepto de “fricción”: la diferencia entre la planificación teórica de las campañas y sus resultados prácticos, debido a factores como la incertidumbre sobre las fuerzas propias y la falta de información sobre las enemigas.

La edad de oro de la caballería culmina durante las guerras Napoleónicas para ir eclipsándose poco a poco a lo largo del siglo XIX. Es ahora cuando aparece el resto de institutos, cuando se mejora y especializa su armamento, cuando se visten los más vistosos uniformes y cuando se producen las cargas más heroicas. Se mantiene la carga al galope y al arma blanca, reagrupándose las unidades para dar una nueva en caso de resultar fallida la primera. La no observación de esta norma provocará no pocos desastres. Desde Federico II de Prusia había vuelto a ser un arma tan decisiva como la infantería, aunque sin llegar a quitarle protagonismo en la batalla como hará la artillería tras la Revolución industrial. Esta tendencia se inicia con el artillero más famoso del mundo: Napoleón Bonaparte y llega a su máxima expresión con los rusos, que compensan así la debilidad y escasa motivación de su infantería.

Mientras los franceses impulsaban el desarrollo de la infantería ligera, que en nutridas avanzadillas precedía a las columnas, Wellington seguía formando en las dos líneas clásicas, aunque suavizando algo la rigidez prusiana. Ahora pasa a ser más fuerte la segunda línea, que normalmente se mantiene apartada del combate y protegida por obstáculos naturales o por la artillería y caballería propias hasta la fase decisiva del combate.

Todos los ejércitos forman sus batallones en unos cuadros compactos y disciplinados para resistir a la caballería. Si se organizaba con tiempo y adecuadamente, rara vez se rompía esta formación pero, en caso contrario, los infantes eran presa fácil de una caballería más veloz y efectiva que nunca. Muchas batallas de esta época se resuelven gracias al arrojo de los jinetes. En no pocas ocasiones los infantes, especialmente los bisoños, rompen filas atemorizados por la majestuosa visión de miles de caballos lanzado al galope sobre ellos.

Respecto a la lanza, las controversias fueron constantes durante todo el periodo. Montecuccoli y Saxe la llamaron la reina de las armas, pero Vasallo (1852) ponía en duda su superioridad y recordaba que los cazadores de la Guardia Real vencieron en todas sus batallas empleando solo el sable. Aunque reconoce la superioridad del lancero en el choque directo, no es partidario de dotar con esta arma a cazadores ni coraceros, postura defendida por Ragusa. Jomini matizaba su incontestable ventaja en la carga con su ineficacia en el cuerpo a cuerpo, y proponía formar una línea de lanceros y otra de sables. Esta formación, de hecho, sería muy empleada por los rusos. Durante esta época la pistola quedó relegada a ser un arma de defensa inmediata.

La segunda revolución industrial, el aumento de la población[1] y la mejora del armamento, de las comunicaciones y de los medios de transporte, impulsarán la hasta ahora lenta evolución de los ejércitos, hasta volverlos prácticamente irreconocibles. Al final del siglo XIX, la caballería abandonará el choque y se verá reducida al reconocimiento, mientras la infantería cederá el protagonismo en el combate a la artillería. Simultáneamente, las guerras pasarán de ser minoritarias a generalizadas, hasta desembocar durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en la llamada "guerra total".

Francia

Los revolucionarios franceses sustituyeron los movimientos precisos y complicados de la táctica alemana, por otros más sencillos, efectuados por columnas independientes que les permitían aprovechar mejor el terreno. La Grande Armée se dividió en seis cuerpos de ejército, interarmas, autónomos y polivalentes, que se convirtieron en la unidad fundamental de combate al mando de un mariscal. Como unidades de maniobra, cada uno contaba con varias divisiones de infantería a cuatro regimientos de dicha arma y estos en varios batallones a cuatro compañías de línea (fusiliers), una ligera (voltigeurs) y otra pesada (grenadiers). Cada cuerpo contaba con una división de caballería ligera (hussards, chasseurs), como unidad de reconocimiento y reserva. Además, había un séptimo cuerpo compuesto únicamente por caballería, que actuaba como reserva estratégica junto a la Guardia Imperial. Se articulaba en regimientos de caballería de línea (dragons, lanciers) y de caballería pesada (cuirassiers, carabiniers). La artillería aportaba dos baterías por división y el doble por cada cuerpo. Los ingenieros se dividieron en compañías de zapadores y de pontoneros. Para facilitar el mando de estos cuerpos tan complejos, nacieron los servicios de estado mayor y de telégrafos.

La bayoneta y el sable se convirtieron en las estrellas de los campos de batalla. Los tiradores, a pie o a caballo, se limitaban a preparar el combate desde posiciones ventajosas y a cubierto de la vista y el fuego del enemigo. Triunfó, por tanto, la movilidad y la iniciativa individual sobre el rígido orden de la escuela prusiana.

El autor de dicha táctica fue Guibert, autor del único libro que llevaba Napoleón Bonaparte en su maletín de campaña. Las Ordenanzas de 1778 ya incluían esta táctica que, en síntesis, consistía en un movimiento inicial por columnas de batallón, un despliegue de tiradores y artillería, una maniobra de la caballería y un asalto final al arma blanca. Con el empleo de las columnas se pretendía también ofrecer menos frente a unos cañones cada vez más precisos.

En general, Napoleón disponía sus fuerzas en dos líneas de igual potencia pero, mientras la primera desplegaba en batalla, la segunda lo hacía en columna. Por delante se situaba una vanguardia, cuya fuerza era un quinto del total. En retaguardia situaba a la caballería divisionaria, con la misión de detener a la enemiga si rebasaba a la primera línea. La artillería se emplazaba en el centro y las alas de la primera línea. En las marchas evitaba las grandes guarniciones, prefiriendo vivaquear por divisiones, lo que le permitía aprovechar mejor los recursos del país, sin esquilmarlo con una densidad elevada de unidades.

A la Francia revolucionaria le costó tiempo y esfuerzo reconstruir su caballería, al desaparecer prácticamente la oficialidad aristocrática. La mayor parte de los nuevos jinetes apenas sabía montar y casi ninguno de ellos cuidaba a sus caballos de forma adecuada. La guerra de la Primera Coalición (1792-1797) acentuó la tendencia de especializar el armamento, la instrucción y, a la postre, los institutos del arma.

La caballería pesada disponía de caballos de gran alzada, y formaba en filas macizas y apretadas, armada con espadas largas y rectas concebidas para herir de punta. Esto se había demostrado más eficaz que la estocada lateral, ya que el infante podía desviar esta con su fusil, la mochila y/o la manta. El éxito de los coraceros franceses, temibles bajo su doble peto, hizo que prusianos y rusos devolvieran las suyas a los regimientos de línea, como también hicieron los ingleses después de la batalla de Waterloo (1815). Allí los Scott Greys cargaron sobre una brigada de infantería francesa y consiguieron apoderarse de una batería y un águila imperial, sin embargo el contraataque de los coraceros galos los puso en fuga con grandes pérdidas.

De igual forma, el éxito de los ulanos polacos motivó que la lanza, prácticamente desparecida desde el siglo XVII, fuera recuperada para los regimientos de línea en toda Europa. En realidad, rusos y polacos nunca la habían desterrado, y en España se había conservado en Ceuta desde el siglo XVI. Con el paso del tiempo, y ante la importancia que cobraba el choque, se fueron reduciendo las diferencias entre la caballería de línea y la pesada, adoptando la primera unos caballos de mayor envergadura para favorecer la acometividad de los lanceros y el efecto psicológico que producían sobre los cuadros de infantería.

La caballería ligera empleaba caballos ágiles y veloces, actuando en las fases preliminares del combate articulada en grupos reducidos. Sus sables eran curvos para herir con el filo en la lucha individual, especialmente durante la persecución. Los cazadores empleaban la carabina y la pistola en sus misiones de exploración, mientras que los húsares preferían el arma blanca y solían desempeñar tareas de enlace y explotación del éxito. Entre los principales generales de la caballería francesa, destacan el húsar Ney y el cazador Murat.

Los dragones podían formar en vanguardia con la caballería ligera para ocupar posiciones favorables; o bien en retaguardia con la caballería pesada, siendo entonces los encargados de perseguir al enemigo para explotar la victoria. A partir de Napoleón dejaron de ser un arma mixta y se integraron en la caballería ligera, aunque para el duque de Ragusa siempre serían de infantería. A veces seguían al ejército a pie para remontarse en el país enemigo. Las divisiones de dragones tenían 3 brigadas a 2 regimientos de 400 caballos, mientras que las de caballería pesada tenían 2 o 3 brigadas a 2 regimientos de 900 caballos.

En 1798 Francia contaba ya con 29 regimientos de caballería pesada (20.000 hombres), 20 de dragones, 23 de cazadores y 11 de húsares (70.000 hombres). Con todo, nunca alcanzaron la perfección de la caballería prusiana, a la que no tenían nada que envidar en valor e ímpetu. Desde la batalla de Austerlitz (1805) a Moscú, Napoleón asignó al arma un papel cada vez más importante en la batalla, adoptando nuevas tácticas como la carga en columna, que tan brillante resultado proporcionó en la batalla de Eylau (1807).

El barón de Jomini (1852) fue también partidario de formar en dos líneas, aunque desplegadas en escalones o con intervalos alternos para evitar que si la caballería enemiga penetrase, quedasen al descubierto los flancos de la propia. Concebía cuatro formas de cargar:

El fuego para Jomini solo era conveniente cuando se pretendía debilitar a la infantería antes de una carga al arma blanca. En cambio, De Presle aseguraba que el fuego era el único modo de detener la carga enemiga cuando había sorprendido a la propia y no le permitía retirarse. Así lo hicieron con éxito el general Lafarrier y los dragones de la División Saint Croix cerca de Pombal en 1811. Warnery también recomendaba utilizar las armas de fuego en maniobras de retirada en presencia de fuerzas irregulares del enemigo. Con todo, los autores que dieron más importancia a las armas de fuego fueron Bismarck y Okonef.

Aunque la opinión general era que una carga de caballería no resultaba efectiva contra un batallón de infantería formado en cuadro, a no ser que se acompañara de una notable concentración de artillería, Jomini recordaba los casos de Eylau y Dresde, en los que una fuerte ventisca azotaba de tal forma a la infantería que le impedía concentrarse. En el caso del choque entre dos unidades de caballería, era partidario de la carga al trote, con algunos escuadrones de caballería ligera o irregular lanzados a la desbandada contra los flancos contrarios. Rocquancourt reconocía que la velocidad no era lo más importante de una carga, sino mantener una formación cerrada y bien alineada, por lo que recomendaba no pasar al galope tendido hasta llegar a unos 60 metros del enemigo. Por el contrario, el duque de Ragusa prefería el ímpetu al orden. Todos ellos fueron partidarios de cargar en dos filas con intervalos entre escuadrones y preferiblemente por escalones sucesivos. Los austriacos, en cambio, solo dejaban intervalos entre las divisiones lo que equivalía, según su orgánica, a cada dos escuadrones.

Jomini consideraba que un ejército en campaña debía estar compuesto en su sexta parte por jinetes o bien en una décima si se combatía en terreno montañoso. Por esta época, la caballería suponía en Prusia y Baviera un cuarto de su ejército, en Francia y Austria un quinto, en Rusia un sexto y en Gran Bretaña un octavo. Pese a ello, casi todos los generales de la época llegaron a quejarse de carecer de la caballería suficiente para haber evitado la derrota o para haber explotado la victoria. Sirva como ejemplo las batallas de Lutzen y Bautzen (1813), en las que Francia no pudo obtener una victoria decisiva por estar su caballería excesivamente desgastada tras la campaña rusa.

Por último, Jomini era partidario de la coraza, de acero para la caballería de línea y de cuero para la ligera, pero se opuso frontalmente a la supresión de los dragones, a pesar del poco rendimiento que obtuvieron los franceses en la guerra de Independencia Española (1808-1814).

Según el general Renard (1857) toda la fuerza de un ejército estribaba en la primera línea, por ello debía colocarse en ella a las tropas más vigorosas de infantería y a los coraceros de caballería, mientras la segunda línea servía de apoyo y reserva. Ante el enemigo se maniobraba por líneas o fracciones de línea, avanzando en masa. En orden de combate perdían su sentido las divisiones y brigadas, existiendo tan solo el comandante en jefe y el comandante de cada línea. Evidentemente el único terreno que convenía a una formación tan amplia era una vasta llanura.

Cuerpo de ejército napoleónico.jpg

Gran Bretaña

Tras las guerras Napoleónicas, el Imperio británico copió la orgánica polivalente francesa y asumió la hegemonía mundial. La revolución industrial introdujo muchas innovaciones tecnológicas durante las guerras de Emancipación Iberoamericana, Carlistas, Crimea, Secesión, Unificación Italiana y Franco-Prusiana. Posteriormente, permitirían a reducidos cuerpos expedicionarios imponerse a grandes ejércitos nativos durante la expansión colonial :

  • El obús de hierro zunchado, cuyo alcance y precisión convirtió a la artillería en la nueva reina del campo de batalla.
  • El fusil de percusión, con ánima rayada y cartucho metálico.
  • El transporte de tropas por ferrocarril hasta el frente.
  • El acorazado a vapor.
  • La observación desde globos aerostáticos y la fotografía.
  • La sanidad militar, reforzándose los antiguos cirujanos profesionales con enfermeras voluntarias.

En todos estos conflictos decimonónicos la caballería conoció un nuevo periodo de esplendor, cargando a pecho petral contra los escuadrones enemigos, los cuadros de infantería o las baterías de artillería. En la mayoría de las ocasiones, esto derivaba en una gesta tan heroica como inútil, pero que casaba bien con el espíritu romántico de la época. Sirva como ejemplo la carga de la brigada ligera británica en Balaclava durante la guerra de Crimea (1853-1856), inmortalizada por los versos de Lord Tennyson.

Austria

En la batalla de Custozza (1866), la brigada Pulz de la caballería austriaca cargó contra las divisiones Humberto y Bixio desplegadas en correcta formación, rompiendo varios cuadros e inutilizando 36 batallones de infantería. Una segunda carga efectuada con 2.400 jinetes detuvo a 25.000 infantes que aún no habían combatido, pese a que estaban armados ya con fusiles de retrocarga (aunque de ánima rayada). Sin embargo, los coraceros austriacos, que siempre habían llevado ventaja en las cargas de Königgrätz, se dispersaron en Langenhof ante el fuego rápido de los fusiles de aguja. Las victorias de Custozza, Villafranca y Mongabia sobre infantería intacta desaconsejaban renunciar a la carga, pese al nuevo y temible fusil Chassepots.

En sus cargas contra la caballería enemiga, los coraceros austriacos, protegidos solo por el peto, experimentaron grandes pérdidas, como ocurrió en la batalla de Eckmüll, cuando se enfrentaron con las divisiones de coraceros de Nasauty y Saint Sulpice. De esta batalla dejó Rocquancourt un relato memorable.

Prusia

La caballería francesa entró en una profunda crisis en la segunda mitad del siglo, por lo que se mostró muy inferior a la prusiana durante la guerra de 1870. Perdido su carácter estratégico, sin explorar ni vigilar, ningún oficial sabía dar su nombre a los pueblos, ríos y vías de comunicación que reconocía. Su ejército marchaba a ciegas, sin poder prevenir ni contrarrestar la maniobra del adversario.

Los prusianos, por el contrario, conocedores del terreno y provistos de buenos mapas, daban sus partes completos y exactos, facilitando a su ejército las posiciones y movimientos del enemigo. Sus jinetes se mostraron audaces, presentándose en todas partes para espiar y molestar al contrario. Aunque rehuyeron sistemáticamente el choque, se multiplicaron en el reconocimiento, la vigilancia y la seguridad de su ejército, demostrando su instrucción y espíritu de iniciativa. Marchaban siempre en cuatro escalones:

Los primeros informaban del número y posiciones del enemigo, interceptaban la correspondencia y hacían prisioneros. Envolvían al contrario en una red que tanto descubría sus movimientos como enmascaraba los propios. Comenzado el combate, la caballería se replegaba a las alas para reorganizarse, cayendo sobre el enemigo vigorosamente cuando se encontraba suficientemente quebrantado. Al atacar siempre por los flancos, no entorpecía el fuego de las otras armas. Terminada la batalla, perseguía y cortaba la retirada del vencido. En la práctica, estas últimas acciones no se prodigaron, pues predominó la cautela. De hecho, las unidades de coraceros prusianos volvieron casi intactas a sus cuarteles al acabar la campaña. Para unos el mérito estribó en la táctica, para otros en la eficacia de sus corazas. Probablemente se debiera a la combinación de ambas.

El propio príncipe Hohenlohe confesaba tras la campaña que no habría obtenido tan brillantes resultados si el enemigo hubiera empleado su caballería de la misma forma. En lugar de eso, fiel a la tradición, la mantuvo en reserva para dar un golpe decisivo que nunca tuvo lugar. Pese a que la proporción de caballería en el ejército prusiano era de 1:4, Hohenlohe se quejaba de su escasez. En el francés no llegaba a 1:6.

Bismarck llegó a decir que la caballería triunfaba con su sola presencia pues, a la larga, los tiros y cañonazos ensordecían al infante, lo fatigaban y le dejaban inerte y a merced de la caballería enemiga si se presentaba en ese instante. La guerra Franco-Prusiana (1870-1871) fue la última en la que se emplearon las cargas masivas de caballería, pues la eficacia y densidad del fuego ocasionaban bajas terribles. Sin embargo, durante varios decenios la caballería seguiría siendo insustituible en la persecución, protección de la retirada, exploración y seguridad. Hohenlohe consideraba que, a partir de la aparición del fusil de aguja, sería muy difícil que el arma pudiese cargar con efectividad contra infantería bien guarnecida por el terreno. Pese a todo, la brigada de Bredow fue capaz de detener a 40.000 infantes a costa de perder unos 400 jinetes, la mitad de sus efectivos.

Tras estudiar estas batallas, el príncipe de Hohenlohe insistía en que la única forma de disminuir las bajas consistía en cargar efectuando un envolvimiento de ala, para aprovechar hasta el último momento la eficacia del fuego propio. Para ello, había que preparar los caballos mediante una doma sistemática, recorriendo al menos 7 km entre el trote y el galope, efectuando después la carga sin merma de potencia. Habida cuenta de que lo normal era realizar un ataque de 800 pasos entre los tres aires, les exigía a sus caballos un esfuerzo considerable para el que, sin embargo, estaban bien entrenados. El teniente de ulanos von Ziegler recorrió 150 km en un día para llevar información de suma importancia y muchas veces los exploradores prusianos estuvieron 16 horas a caballo.

Por último, Hohenlohe insistía en la necesidad de la mutua protección entre las distintas armas y en el empleo de unidades diferentes para desarrollar las misiones de exploración y seguridad.

Referencias

Notas

  1. Europa pasó de 140 millones de habitantes en 1750 a 1.800 en 1850.

Bibliografía

  • Hohenlohe-Ingelfingen, Príncipe Kraft de. Cartas militares sobre la caballería.
  • Jomini, Antoine-Henri, Barón de. Compendio del arte de la guerra. Ministerio de Defensa. 1990.
  • Lión Valderrábano, Raúl y Juan Silvela Miláns del Bosch. La caballería en la historia militar. Academia de Caballería. 1979.
  • Vassallo i Rosselló, Rafael. Apuntes sobre el estudio del arte de la guerra y la historia militar. M. Romero.1879.
  • Vasallo, Francisco de Paula. Veladas sobre la caballería. Tomas Fortanet. 1852.

Navegación

ARTÍCULO ANTERIOR ÍNDICE ARTÍCULO SIGUIENTE
Imperio español Operaciones de la Edad Contemporánea La caballería americana del siglo XIX